La lengua de las mariposas, José Luís Cuerda (1999)
La lengua de las mariposas, José Luís Cuerda (1999)

Escribo este artículo porque me veo forzada a ello, las circunstancias me obligan. No he leído nada estos últimos días que me represente, y quizá sea momento para comenzar a decir las verdades que pocos se han atrevido a hablar. La realidad que muchos se han negado a ver.  Soy una vecina de Badalona, de la secesionista Cataluña, dentro del glorioso Reino de España, y me siento estafada, furiosa y muy cansada. De hecho llevo desde el 1 de octubre sin poder dormir, con angustia y malestar, como muchos de mis compañeros. Las cosas no andan bien, se ha creado un clima guerra civilista que huele de lejos a represión y miseria. Y todo parece empeorar por momentos. La cáscara del huevo se ha roto y por fin hemos podido ver lo que siempre estuvo ahí: un régimen fascista que se impuso a sangre y fuego con 3 años de masacre y 40 de represión. Esa es nuestra gran desgracia, que desde el 39 andamos en derrota y no queremos darnos por aludidos.

Vivimos en los restos de un país donde personas tan ilustres como el falangista Millán-Astray proclamaron aquello de “¡mueran los intelectuales y viva la muerte!”, donde hace algo más 80 años ganó la barbarie y desde entonces reina el horror. Quien no lo quiera ver está ciego, ¿o es que quizá nos han puesto una venda para que no podamos verlo? El resto está en los libros de historia y en las cunetas donde descansan nuestros muertos, gracias a esa derecha tan democrática y progresista que se niega a desenterrarlos y ahora lucha por la libertad en Cataluña y manipula a esa mayoría silenciosa. Pero tampoco estoy diciendo nada nuevo. Este es un cuento que viene de lejos, que se escribe en blanco y negro y ha marcado a varias generaciones. Ojalá pudiéramos hablar de construir la tercera república y poner punto y final al conflicto en Cataluña, pero me temo lo peor. De hecho ya está pasando lo peor.

El culpable de la situación de no retorno en Cataluña la tiene el bipartito – la palabra que tanto se ha cansado de repetir el gran Julio Anguita–. Los gobiernos del PP y PSOE han gobernado España apoyados en los nacionalismos periféricos, que hoy tanto empujan a un pueblo desnortado a combatir. Un bipartidismo que ha medrado en el poder y se ha lucrado con la desmemoria colectiva, y el beneplácito de ese mal llamado régimen autonómico que sólo beneficiaba a unas cuantas élites regionales –PNV, CiU… –. Y así estamos hoy, llamando enemigos a los pueblos que ellos mismos decidieron abandonar. Porque la independencia en Cataluña y el sueño de una República más justa es la última utopía disponible. No culpemos tanto a un pueblo que se ha dejado seducir por los cantos de sirena ante un panorama tan desolador como el proyecto español y una de las crisis más feroces de la historia; hagamos autocrítica, porque la necesitamos y mucho. Cataluña no puede, ni debe, convertirse en el cortijo particular de la mafia del 3%, la cual se ha lucrado de las instituciones durante 24 años, donde Puigdemont es el último capataz a las órdenes de Mas y este a su vez de la familia Pujol; como tampoco puede ser silenciada ni reprimida por un estado que vive en el pasado y que no da para tapar tanto caso “aislado” de corrupción. Siento petar la burbuja de optimismo que tienen muchos, pero los de los paraísos fiscales, los de las cuentas en Panamá y en Andorra, y la religión del libre mercado saben que el capital no tiene fronteras. Perdóneme lector, pero a veces me entran ganas de convertirme en la nueva Patty Smith y huir de la realidad, en irme a una buhardilla y vivir mi sueño punk una larga temporada, al menos hasta que escampe el temporal. Pero mi sentido del deber y mi conciencia social me lo impiden; ¡maldito bien común! Dicho lo dicho, prosigamos.

Después de hacer un breve repaso a la nefasta historia reciente de nuestro país, nos encontramos en este presente lleno de incertezas, pero eso sí, con muchas banderas. Este último domingo, miles de personas se manifestaron en Barcelona a favor de la unidad de España, trayendo personajes como Borrell, Mario Vargas Llosa, el arribista de Albert Rivera y Xavier García Albiol “el alcaldísimo”, vamos, una fiesta de la democracia. De la democracia de ir a misa los domingos, pedir permiso al patrón y sentir bien adentro España, pero ante todo democracia, la nacionalcatólica –se entiende–. La gran desgracia de todo este asunto no es que exista una derecha cómplice y que se sienta cómoda creando malestar e intolerancia, sino el pueblo que estos últimos días le ha acompañado. El famoso cinturón rojo de Barcelona se ha volcado en el apoyo a esta manifestación organizada por asociaciones tan democráticas y en pro de la libertad como Falange Española.

Hemos llegado a un punto donde la sociedad catalana se ha vuelto esquizofrénica, dirigida por unos líderes y partidos políticos que han fomentado el desastre y esta locura generalizada. Parte de los obreros que hoy en día votan a la derecha han sido abandonados sistemáticamente por la izquierda durante muchos años. España se ha desindustrializado gracias a la complacencia del PP-PPSOE con una Unión Europea que nos ofrecía limosna y subsidios a costa de ceder nuestra soberanía industrial y económica. Nos malvendieron para entrar en Europa, la de la OTAN, la del mercado común y más tarde la del euro. Todas las personas de este país han sufrido los diferentes sistemas educativos cada vez más nefastos y que han colaborado a borrar cualquier atisbo de pensamiento crítico. Sin contar con las reformas laborales que tanto unos como otros introdujeron para crear esclavos serviles. Durante mucho tiempo la izquierda se ha perdido en discursos posmodernos y un relativismo cultural que nos ha enfrentado a unos y a otros. Mientras nosotros nos dividíamos, hacíamos política para élites progres, la derecha ha ido acaparando el voto de la gente descontenta y molesta con un sistema que le ha olvidado por completo. Al mismo tiempo los sindicatos durante mucho tiempo han defendido a un sector obrero con trabajos más acomodados con puestos estables y fijos, mientras que el común de los trabajadores se quedaba indefenso.

Así nos encontramos hoy, forzando al pueblo a ser la carne de cañón de una guerra que nunca debió existir –por mucho que nos repitan una mentira, esta nunca debería convertirse en verdad–. Como tampoco debieron existir los más de 800 heridos por simplemente ejercer su derecho a voto, ni la Guardia Civil tratando a la sociedad catalana como el enemigo a batir. Hay cosas que no se pueden olvidar. También estaría bien recordar la falta de intensidad del 15M cen muchos temas en Cataluña, jugando a decir una cosa y la contraria, la falta de decisión de unos partidos políticos que han dado la espalda a esa periferia que hoy se siente huérfana. La nula empatía de la izquierda transformadora y no nacionalista con las cercanías de Barcelona es algo que debe solucionarse rápido. Uno de los mayores retos a los que nos enfrentamos es al de entender a una Cataluña que habla en dos lenguas y tiene velocidades distintas, incluso espíritus diversos. El interior poco o nada tiene que ver con ese cinturón rojo que tanto está dando que hablar, y puede que sea uno de los fracasos –el de no saber crear un convivencia y unidad en base a la diferencia social – el que nos ha traído hasta aquí.

Cataluña es mucho más que sus líderes, prestidigitadores que han jugado con las ilusiones de todo un pueblo en aras de una independencia que de existir, está teñida de desgracia desde antes de nacer. Pero también España es mucho más que un sistema político corrupto, son las gentes que lo componen, el espíritu de cambio que se respira y se lleva luchando por realizar desde hace tiempo. Y lo siento mucho, señores políticos – porque sí, casi todo son señores, también necesitamos además de una buena lección de democracia, feminismo, pero eso es otra historia – sólo se merecen el más absoluto olvido e ir directos a la papelera de la historia. El pueblo catalán se ha fiado demasiado de sus dirigentes, una élite que poco ha mirado por su pueblo y mucho por mantenerse en las instituciones, hasta el punto de acabar por creerse el discurso hegemónico que ha repetido sin descanso el poder. Las ideologías en este caso me temo que poco importan y mucho los puestos, cargos y sueldos. Si nos fijamos un poco más en profundidad, podremos ver que en realidad el pueblo no está divido, sino que siempre fue republicano y no lo sabe. Siempre estuvo en contra de la política de partido, de la corrupción sistematizada, de las puertas giratorias, de reyes con privilegios divinos, de los recortes en sanidad, en educación y de la dureza de la vida a la que hemos sido sometidos.

España entera está siendo víctima de lo que Naomi Klein llama la doctrina del shock –aplicar medidas de libre mercado en la economía aprovechando el caos y la confusión en la sociedad– y pocos están siendo conscientes. ¿Pero cómo serlo? Delante de recortes en todos los aspectos sociales del país, tenemos a las televisiones y a la maquinaria propagandística del estado, tanto catalán como el español, para sólo hacernos ver el conflicto Cataluña-España. Y mientras el mayor recorte de derechos y libertades de la democracia está siendo llevado a cabo: 200.000 personas que viven en la periferia de Murcia van a ser aisladas por un muro construido para las obras del ave, recortes sistemáticos de las pensiones, se han dejado de pagar 7.000 millones del arbitraje de las renovables, el campo andaluz olvidado al servicio de unas PAC que recaen en los latifundios de quienes más tienen, una Cataluña queriendo construir una República que lo quiere todo pero que nunca ha dado un duro por sus ciudadanos… ¿Sigo? Creo lector –querido, si a estas alturas usted sigue aguantándome– que nos entendemos.

Todos los pueblos de España merecen soberanía, así como cualquier territorio que pueda disponer de cierta autonomía dentro de este maltrecho mundo. Por eso es tan importante apelar a los valores que murieron en el 36, a los de una República donde intentar aglutinar a todas las fuerzas del cambio. Donde una España federal y hermanada fuese posible, quizás es una utopía, pero al menos dispone de recorrido al contar con la unión de muchos, y no la división y atomización de los territorios para dejarlos a la merced de los océanos del gran capital internacional y la furia de las transnacionales. Tampoco me puedo fiar de aquellos que no permiten que mi opción, la federal, sea tenida en cuenta, no me siento representada. Como los que niegan la cultura catalana y desearían reprimir todo atisbo de diferencia. Supongo que los que decimos las vergüenzas del sistema y queremos traer algo de democracia, libertad y dignidad siempre seremos mal vistos, porque cuestionamos. La autoridad – y también quien aspira a serlo –jamás quiere ser cuestionada. Pero si algo hemos aprendido de los griegos es a comprender el caos y desconfiar de quien nos dice aquello que nos gustaría oír, porque suele ser mentira y la vida suele ser dura. Quien nos diga lo contrario nos está mintiendo. Y es mejor vivir con estoicismo –otro gran aporte de los griegos – que basar nuestra vida en un engaño, porque al final arrastramos tantas cadenas que no podemos deshacernos de ninguna.

También hemos aprendido de los griegos lo que significa la democracia, y sabemos que bien poco tiene que ver con esto, con votar cada 4 años, con hacernos escoger entre un sí o un no, con el de hacerte sentir parte del lado opresor simplemente por no querer entrar en su concepción del mundo. Existe el blanco y el negro, como también un montón de matices grises entre medio. Eso es no pecar de una visión parcial, como a muchos les está pasando en estos momentos, enalteciendo a banderas que han sufrido un leve lavado de cara para ser constitucionales o castillos en el aire de izquierdas que han creído demasiado en el contrato social de Rousseau y han pensado que la derecha puede ser partícipe del progreso social. Andamos dando palos de ciego, pero desgraciadamente los únicos que se llevan los palos son quienes no debieran, porque recordemos el cuento, a las abuelas no se les pega, se les lleva la merienda. Estamos en la encrucijada, con el lobo reinando y el cazador encañonándonos, la abuela herida y Caperucita dolida, llena de rabia y algo confusa. La única conclusión que podemos sacar es que los lobos siempre son malos y los cazadores llevan armas, y las armas suelen ser peligrosas. Y que a las abuelas no se les maltrata bajo ningún concepto, y también que hay que solucionar la frustración de una generación de jóvenes que no ve futuro –con razón–.

Bien, llegados a este punto, ¿cómo seguimos? Estimada lectora, no tengo la más remota idea. Pero recordaré si se me permite, las sabias palabras de Manuela Carmena en una intervención conjunta con Ada Colau en el programa El intermedio: “ante una crisis de democracia, siempre más democracia”. Un último apunte aun a riesgo de resultar muy pesada: la Cataluña que me representa es mestiza, plural y charnega; mi patria está allá donde esté la libertad, la defensa de los derechos sociales, el respeto, la tolerancia y la democracia. El resto son cuentos moralizantes. Y no olviden nunca que en binario hablan los ordenadores, no las personas.

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